Todas las tardes ando largos paseos por las calles de esta ciudad,
El sabor proletario del café y los titulares de un periódico de ayer
se instalan en mis labios con sabor amargo.
El tiempo corre en mi contra y sé que es probable que no llegue a la cita,
pero mientras me detengo a observar a la gente en la calle.
Aparentan ser felices, o quizá soy yo que les envidio.
Berlín es tan extraña que huele a horno de pan y a color verde.
A cielo azul, a Wenders y a cine en versión original.
Me siento y cierro los ojos. Los autobuses pasan cerca de la acera.
La gente habla.

Empieza a llover de manera constante y alguno se refugia en su paraguas,
otros ocultan su cabeza dentro de su camisa o gabardina.

El viento dibuja siluetas de agua en los cristales de las tiendas.
No son más que una ilusión de libertad.