La noche del domingo pasado ocurrió algo singular. Nos encontrábamos en un parque público, debatiendo sobre Egipto cuando decidimos marcharnos a casa. Para nuestra sorpresa no pudimos porque nos habían dejado encerrados. 23.00 h. Ni un alma por la calle, ni vecinos amables que nos permitieran salir por el edificio anejo al mencionado parque. Esta es una de las situaciones en las que valoras la libertad. Dándole vueltas es inquietante como un lugar agradable se puede convertir en un instante en un lugar desapacible y tremendamente frio.  Una de las reflexiones que se me pasó por la cabeza fue el trabajo del encargado del parque, que ni siquiera se dignó a mirar si habia alguien dentro del parque, porque debería ser su obligación comprobarlo.

Tras la angustia momentánea, decidimos buscar el telefono (gracias a internet) y recurrir a la policía municipal. La cual tardó cerca de 30 minutos en llegar, pero que nos atendió muy amablemente.  Fué un corte en el candado, y voilá, libres de nuevo. Y se agradece. (Mariano)

A veces la vida te da pequeñas lecciones.
Hace algunas noches, un día de esta semana, fui al parque con Mariano. Nos sentamos en un banco que estaba en medio del parque, no poco iluminado, intentando alejarnos de una “horda de canis” que nos rodeaba. Llegado un punto, vimos a tres chicos que miraban a través de las rejas (cerradas) del parque, probablemente pensando “si están dentro, debe haber alguna manera de entrar”. Pero no la había. De salir, tampoco. Al parecer, el encargado del cierre de los parques de Mairena había cerrado con nosotros dentro. Evidentemente, no se molestó en mirar si quedaba alguien dentro. Lo mejor es que tuvo que cerrar los candados de las cuatro puertas situadas a lo largo de la vaya que rodea el parque, por lo que debería habernos visto desde alguna de ellas. No hace falta añadir que no lo hizo.
Así que nos encontramos en el parque, más solos que la una, rodeados de una valla de unos dos metros y medio de altura, imposible de saltar,  y sin nadie que nos abriera la puerta del edificio colindante para que pudiéramos pasar a través de él.
Llamamos a la policía, que afortunadamente no tardó mucho en llegar. Después de intentar localizar a la persona encargada para que trajera copias de las llaves (sin mucho éxito y tras 30 minutos dentro), hubo que cortar el candado para poder salir. Los policías nos dieron la razón.
Y todo ha quedado en una mera anécdota. Aunque a partir de ahora, me andaré con cuidado cada vez que vaya a un parque con vallas… y tendré más cuidadito de no confiar más de lo imprescindible en que los encargados de los servicios públicos realicen su trabajo de la manera que cabe esperar de ellos.
En el video, mi testimonio in situ 😛

Kristyna.

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