Cuando se es niño, se es diferente, se es feliz, pocas preocupaciones te asolan, únicamente la necesidad de diversión y cuando esta termina encontrar unos brazos amables y cariñosos. Eso si la diversión acaba bien. En el caso de que acabe mal, probablemente nos esperan un azote y una pequeña “terapia paternal”, debidos casi con seguridad a la diferencia de criterio sobre lo que se considera diversión.

¡Qué imaginación tienen los condenados!. Son como pequeños diablillos que se dedican a hacer las cosas más inoportunas en el momento menos indicado. Son el máximo exponente de la Ley de Murphy. El problema es que son tremendamente adorables. Si no aparecieran con esa carita de no haber roto un plato después de haber roto la vajilla entera inventándose cualquier excusa increíble para salvar el pellejo, si no intentaran arreglar las cosas regalándole a su madre el escarabajo pelotero, ese que ha estado cuidando con tanta dedicación durante toda la tarde…