Capítulo primero

Ella era como una espina clavada en un dedo, su recuerdo era imborrable, tristemente imborrable. La soledad y ella se llevaban bien, pero yo no era capaz de interrogarla, así que el viento se llevó lo que pudo y dejó una huella perversa, cruda, sabía que estaba aquí y ella también lo sabía. Mi madre me lo dijo una vez: “Esa chica no te conviene”, y yo, mientras tanto, ciego como el más ciego, no podía ver la realidad, las noches se iban cerrando cada vez más y el canto de sirena se desvanecía por momentos.

En la casa de al lado vivía un ebanista tímido, un hombre de alguno de los países del Este, creo que era checo o algo así. Supongo que tenía razón al decir que en este país se vivía bien, aún así había perdido la ilusión por vivir: ajustes de cuentas, drogas, la mafia, el asqueroso dinero… La hipocresía en su estado más puro… La vida para él era como una esfera brillante que, con el paso de los años, perdía su brillo más excelso para dejar paso a la pobre reflexión mate. La vida en ese momento le resultaba mate, carecía de brillo y yo no paraba de contemplar cómo lentamente aquel hombre pulía cada minuto de su vida. No solía hablar de política porque lo había pasado muy mal y también porque no entendía por qué tenía que tomar partido en algo que no tenía solución. Sólo quería que le dejaran vivir como él había pretendido. Sin embargo yo creo que ahora las cosas son distintas, no tiene a nadie, tampoco tiene a nadie que le diga cómo tiene que hacer las cosas. Las ilusiones que había tenido de joven las cambié al ir creciendo, y es que la vida te da la propia manera de vivir, un criterio sólido, o no tan sólido, que nadie nota apenas.

Ha pasado un tiempo desde aquel sueño, tal vez treinta y cinco minutos. Ahora estoy desnudo sobre las sábanas, mi alma está desnuda dentro del pijama que cubre mi cuerpo. Me contradigo si rompo el silencio que nadie escucha. Estoy solo. Nadie sabe si hablo o callo y nadie lo sabe hasta que no se acerca y comprueba que sin mover los labios, mi mirada habla como el más locuaz de los oradores pero nadie la entiende.

El sol y la luna entran por la misma ventana, tus labios rompen el cristal de mis gafas y en mi soledad mi llanto te llamaba. Y el ebanista tímido seguía con su ébano, minuto a minuto puliendo su vida. La ciudad dormía y tu aún estabas despierta pensando en él. Nadie te entiende, a mí tampoco me suelen entender. Atrás quedan los años en los que venías a mi casa y cruelmente nos besábamos, nos mordíamos los labios… ahora nos mordemos las almas… Somos dos seres heridos, tú por mí, yo por ti, casi muertos, pero los dos sabemos que nadie pedirá perdón. El sofá estaba liberado de ocupaciones, hasta mi cabeza estaba liberada de tales ocupaciones. Dijiste que estabas triste pero que nadie lo podía comprender, la procesión va por dentro, pensé.

Hoy llueve y, aún así, el ebanista de al lado intenta romper su timidez a partir de letras y virutas en el suelo. El suelo estaba lleno de ellas, un mar dorado sin el brillo metálico de las áureas crestas del mar de la tranquilidad. Las letras, impresas, reposan con la calma que necesita un padre, una tras otra, como una fila de pequeñas hormigas informes que, en la globalidad, indican un mensaje tal vez de amor o de odio, o de la indiferencia que más duele.

Ella fuma un cigarro apoyada en la ventana, miró hace algún tiempo al ebanista y se preguntaba cuantos años tendría. 57, le dijo él sin que ella lo supiera. Las cortinas se cerraban despacio como un telón de una obra de teatro. Ahora está sola, como yo. (Todos en algún momento estamos solos) Su marido la maltrata y nadie le dice que eso está mal visto. Yo estuve a punto de hacerlo un día aunque no me atreví porque me dolía una muela. Ella me mira y me sonríe como una niña inocente, está cansada. En su día le había cogido la mano y alguna que otra cosa más como las llaves de su apartamento. Si la hubiera seguido queriendo como lo hice otro gallo sonaría en la casa de al lado. He jugado limpio casi siempre menos con su marido, que no podía entrar por la puerta sin agacharse, y no por alto precisamente. Soy malo, o bueno, depende de quien me lo diga. Fugaces estrellas que pasan de todo y me tratan como un esclavo del año 3, las odio. No sé cuál es la diferencia entre el ebanista, la estrella y yo. No me gusta la masa.

El ebanista dice que soy explosivo, un poco genial e incomprendido, no se nos dieron bien los libros a ninguno de los dos, ni a la mujer tampoco. Ella tenía 36 años, difícil porvenir con un marido tan estúpido que se dejaba engañar con tal de salir de casa. Todo un caso, caos…

Un tictac del corazón del ebanista indica que son las 4 de la madrugada, estos adelantos tan modernos no hay quien los entienda. Ahora estoy con la mujer en su casa. Ella bebió té y yo he bebido leche sola, el café es algo demasiado extendido para mí. No busco lo que los demás no alcanzan a comprender y me tachan de loco. Es demasiado amargo el café. Ahora el que mira por la ventana es el ebanista. Observa como se le transparentan las penas a la mujer a través de su alma, aún estando lejos lo adivina y lo ve claramente. El tiempo pasa y yo me siento solo, y hoy más solo que nunca, pero por una parte estaba tranquilo, por otra parte vacío…

El ebanista se asoma a su corazón y se sincera más que nunca, se quiere pero no se entiende. Está aturdido. Quizás algunos años atrás debió tomar una decisión difícil, no mentirse. El camino es largo y aquella mujer no le soportaría más de una jornada o dos. Ha estado lleno de dudas hasta el momento en que ella decidió por él. El marco de la ventana está viejo, como el alma del ebanista, está carcomida por las termitas y está despintada aunque antaño fue oscura. Los marcos de las ventanas dicen mucho más que las ventanas en sí, las ventanas son los huecos que los marcos dejan para pasarlo todo. Son la nariz de la casa. La mujer hizo uso de ellas para descargar su ira y el cansancio sobre el cristal. La noche sería fría para ella, aún así la acaricié el pelo. El ebanista trabaja en su lugar habitual.

Para la mujer de ojos brillantes, la vida era un círculo irrompible en el que duermes y te levantas para luego volver a dormir… Entre medio había un vacío lleno de mentiras y soledad que yo aliviaba cuanto podía como lo hubiera hecho cualquiera. Me sirve como terapia. El viento entró por la ventana como lo hace un marido déspota, sin preguntar y con la violencia tímida de un inconsciente que tiene el viento. El sueño se rompe cada vez que ella se levanta a beber un vaso de leche. Yo la miro desde mi pequeño sofá. Me asombra la delicada fuerza de su acción. El ebanista, miedosamente, se acercó al baño a ver si hay algo. Nadie le dice lo que tiene que hacer. Está solo. Su mujer se fue con su mejor amiga. No debería sorprenderte esto en los tiempos que corren. Si sonara el timbre me iría con la mujer del pelo rizado, ojos brillantes y labios diabólicos, apagaría la luz y la haría feliz, pero el ebanista sigue trabajando. No es justo que yo sea feliz mientras él trabaja. ¿Lo mato?. Tampoco es justo porque mancharía todas sus obras de arte. La mujer me besa el cuello despacio, sin que nada se interponga en su camino. El ebanista llora de repente sin saber muy bien porqué. Llevó una pieza de madera de roble a la habitación contigua. Estaba a punto de acabar su obra más lograda, la roca. Inerte material que poseía vida y muerte, sol y luna, parte de mí y de ti.

El ventilador estuvo funcionando durante el tiempo en que la ducha se ahogaba.
Jamás podría entender que una lágrima me hiciese tanto daño como aquella, y eso que no era una lágrima triste, era una simple viruta incómoda. Ella estaba sola y yo también a mi manera, el sótano no hubiera sido el mismo si su corazón no se rompe como miel. Buscas, no encuentras, es así de simple. Un día más.

Amanecí en casa del ebanista, me ofreció una taza de café que rechazaba como si me la estuviera ofreciendo el mismo demonio, tenía miedo de su buena fe. Imbécil. Un simple hombre en su casa, extraña casa, una mirada sólida. La mujer se exhibía en la ventana de los cristales rotos, permitiendo ver sus cortinas llenas de flores. El teléfono suena y nadie lo entiende.