Todo es cuestión de preguntar. Lo difícil es conseguir una respuesta y la vida no está por la labor de darme el gusto.

La vida. Eso que transcurre mientras pretendemos hacer otros planes -decían por ahí- y que se rompen a la mínima de cambio. Cada vez me cuesta menos asumir que nada es para siempre. Hay que estar abierto a los cambios vitales, aprender de cada experiencia.

Creo que, con el paso de los años, me hago inmune al dolor, será la experiencia, los años o la resistencia de la piel a los descalabros vitales. Da que pensar.

Cuando uno cree tener la vida organizada y perfecta, con unas vistas de futuro maravillosas, todo, por circunstancias del destino se viene abajo como un castillo de naipes. Y aquí es donde me encuentro. Sin mapas.

Mi viaje a Noruega supuso un punto de inflexión vital. Rompí ciertos esquemas que creía imposibles de romper y vine con una actitud ante la vida completamente diferente. Me pasaron cosas preciosas, maduré y comprendí que no se puede luchar contra la vida. Te lleva y has de aceptar los golpes con cierto estilo, con elegancia, sin preocuparse por el qué vendrá después. Algo vendrá, siempre viene. Por eso la vida es maravillosa y a la vez tan trágica.

Por eso todos alguna vez nos hemos sentido identificados de algún modo.