Si Valle-Inclán levantara la cabeza observaría con cierto regocijo que una frase de su personaje Max Estrella en “Luces de Bohemia”, texto fundacional del esperpento, continúa patente en las imágenes de nuestro cine patrio: “El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada.” Es una constante repetida hasta la saciedad en nuestro ADN cultural. Desde el Cid, pasando por Goya, Lorca o los Machado, hasta llegar a nuestros días siempre ha existido una fascinación colectiva sobre la muerte a pesar de nuestra fama festiva y alegre. Ponemos hoy, frente a frente, dos películas lejanas en el tiempo pero que, sin duda, imbrican esta tradición española. Por un lado, en “El desencanto” Jaime Chávarri disecciona con precisión de cirujano, a través de la familia Panero, una época compleja y crucial de nuestra historia: la caída del franquismo y el inicio de la Transición. Por otro nos encontramos la cinta de Gustavo Salmerón, un actor habitual de nuestro cine y ganador de un Goya al mejor corto en 2002, que decide embarcarse en su proyecto más personal: “Muchos hijos, un mono y un castillo”.

“El desencanto” supone el retrato de una familia burguesa pro-franquista que se desnuda de un modo histriónico, dejando entrever las miserias de la familia y, por extensión, del régimen.

Retrata, desde un costumbrismo feroz, los efectos de la crisis española. Los dos filmes son un retrato de su tiempo, desde su propuesta estilística al desarrollo de la historia que narran. En el caso de “El desencanto” supone el retrato de una familia burguesa pro-franquista que se desnuda de un modo histriónico, dejando entrever las miserias de la familia y, por extensión, del régimen. El lenguaje preciso, preñado de referencias culturales de altos vuelos contrasta con el lenguaje coloquial y cercano de la familia Salmerón, que no es más que una familia, de lo que ahora llaman clase media, española de nuestra época. La vocación de ser testigo de la realidad más sorprendente no se aleja un ápice del film de Chávarri. En ambos casos la materia del documental es la memoria: la ausencia y los recuerdos. En la familia Panero, con un formato casi televisivo, la ausencia del pater familias, Leopoldo Panero, poeta franquista por excelencia es el punto de partida, mientras que en la cinta de Salmerón hay una voluntad de recuperar la memoria de una madre que se erige como total protagonista desde la cotidianidad y su personalidad arrebatadora.

Las miserias retratadas a todo color, su pasado y su presente

El documental de Salmerón está rodado en video, apostando por una estética habitual en la mayoría de las casas españolas, que nos introduce en la vida de la familia de una manera más inmersiva, si cabe. Las miserias retratadas a todo color, su pasado y su presente mezclado en un sinfín de objetos que van apareciendo poco a poco como un carrusel de souvenirs. Es el docudrama 2.0, la intromisión de la realidad de la época en la nuestra. La grandeza y la miseria retransmitida por la televisión, recogida años después de “El desencanto” por una segunda parte más dura aún, de la que se podrían escribir páginas y páginas, llamada “Después de tantos años” que retrata la descomposición definitiva de los hermanos Panero a partir de la muerte de su madre. De nuevo la memoria como eje y las rencillas, esta vez, a cara descubierta. Volviendo a la comparación de las dos películas que nos ocupan, podemos hablar de que son dos películas surgidas de la fascinación de la realidad que, como reza el dicho, siempre supera a la ficción. En palabras de Jaime Chávarri “El desencanto” es una pieza que nace de la fascinación, como “Muchos hijos, un mono y un castillo”. Las dos películas retratan una búsqueda de algo indeterminado desde dos puntos de vista distintos: la locura y la superación. El drama capturado en 4:3. La vida a 24 fotogramas por segundo.