Hay situaciones en la vida que la condicionan de un modo u otro. No hace mucho tocaba fondo: sin trabajo, sin dinero y emocionalmente desconcertado. Una mañana me llegó un tuit que pedía gente para ir a Noruega esa misma noche y sin pensarlo me ofrecí voluntario. Esa misma noche estaba viajando a Madrid para coger el avión a la mañana siguiente rumbo a Bergen. A los dos días tuve un presentimiento. A partir de ahora todo iba a salir bien. Y no es que crea en los presentimientos, pero sé que cambié la perspectiva vital. La calma de los fiordos me ayudó a encontrarme conmigo mismo, a recapacitar sobre lo que había hecho mal durante todo este tiempo. De repente todo me encajó, lo vi claro. Volví de Noruega y antes de llegar a Sevilla me había salido el trabajo de mi vida, había desechado cualquier opción sentimental y vine pleno de calma. Volví con la calma de los fiordos, de esas tardes lluviosas en Bålestrand. Y no sé qué cambió en mi, pero maduré, cogí perspectiva, visión de juego y aprendí a quedarme con lo bueno. Empecé a entender que no podía seguir sufriendo por todo y que, por una vez en la vida, merecía algo bueno. Y así llegó Rosa, por una casualidad de la vida. Apareció como si tal cosa y se hizo un hueco en mi día a día hasta que, sin casi darme cuenta, me había enamorado de ella y, lo que es mejor, ella también de mi.

Kavafis decía en su poema Ítaca que lo importante no es el destino, sino el viaje, el transcurrir del tiempo. Y tiene razón. Hay viajes físicos que te llevan a un país por una casualidad, pero hay viajes que son más importantes aún, que son los vitales, en los que uno recorre la imagen mental de su vida y analiza y observa donde estaba cometiendo los errores y, como en Atrapado en el tiempo, aprendí a jugar mis cartas.

De momento parece que no va mal la cosa.