Si Valle-Inclán levantara la cabeza, observaría con cierto regocijo que una frase de su personaje Max Estrella en Luces de Bohemia, texto fundacional del esperpento, continúa patente en las imágenes de nuestro cine patrio: “El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada.”

Es una constante repetida hasta la saciedad en nuestro ADN cultural. Desde el Cid, pasando por Goya, Lorca o los Machado, hasta nuestros días, siempre ha existido una fascinación colectiva por la muerte pese a nuestra fama festiva y alegre.

Hoy ponemos frente a frente dos películas lejanas en el tiempo, pero que sin duda imbrican esta tradición tan española: El desencanto de Jaime Chávarri y Muchos hijos, un mono y un castillo de Gustavo Salmerón.

Por un lado, El desencanto (1976) disecciona con precisión de cirujano, a través de la familia Panero, una época compleja y crucial de nuestra historia: la caída del franquismo y el inicio de la Transición. Es un retrato canónico de una familia burguesa pro-franquista que se desnuda de un modo histriónico, dejando entrever las miserias no solo domésticas, sino también las del régimen que representaban.
El lenguaje es preciso, preñado de referencias culturales de altos vuelos, acorde con la intelectualidad que los Panero exhiben incluso en su ruina emocional.

Por otro lado, Gustavo Salmerón, actor habitual de nuestro cine y ganador de un Goya al mejor corto en 2002, se embarca décadas después en su proyecto más personal: Muchos hijos, un mono y un castillo (2017).

Desde un costumbrismo feroz, retrata los efectos de la crisis española a través de su propia familia. Frente al lenguaje elevado de los Panero, el tono aquí es coloquial, cercano, casi doméstico: el de una familia de clase media española contemporánea.

En ambos casos, la materia del documental es la misma: la memoria, la ausencia y los recuerdos.

En El desencanto, la ausencia del pater familias —Leopoldo Panero, poeta franquista por excelencia— actúa como punto de partida para explorar el vacío que deja su figura. Con un formato casi televisivo, Chávarri convierte la descomposición de los vínculos familiares en metáfora de un país en tránsito.

En Muchos hijos, un mono y un castillo, Salmerón busca preservar la memoria de una madre que se erige como protagonista absoluta, desde la cotidianidad y su personalidad arrebatadora. Su cámara, doméstica e inmersiva, recorre las habitaciones y los objetos familiares como si fueran reliquias de un país entero en miniatura: un carrusel de souvenirs donde pasado y presente se mezclan sin pudor.

El documental de Salmerón, rodado en vídeo, comparte con Chávarri la vocación de ser testigo de la realidad más sorprendente. Es, en cierto modo, un docudrama 2.0: la intromisión de la realidad de otra época en la nuestra, la continuidad del esperpento en clave contemporánea.

La grandeza y la miseria retransmitidas por la televisión, años después, encuentran eco en Después de tantos años (1994), la segunda parte de El desencanto, donde se retrata la descomposición definitiva de los hermanos Panero tras la muerte de su madre. De nuevo, la memoria como eje, las rencillas como motor, esta vez sin máscaras.

Podemos decir, entonces, que El desencanto y Muchos hijos, un mono y un castillo son dos películas nacidas de la misma fascinación: la de una realidad que, como reza el dicho, siempre supera a la ficción.
En palabras del propio Chávarri, El desencanto “es una pieza que nace de la fascinación”, igual que el film de Salmerón. Ambas retratan una búsqueda de algo indeterminado desde dos perspectivas distintas: la locura y la superación.
El drama capturado en 4:3. La vida, a 24 fotogramas por segundo.