Olvida el cliché. Dices “Altas Capacidades” y casi todo el mundo piensa en el típico empollón con gafas haciendo raíces cuadradas por diversión, como si fuera una calculadora humana a la que la vida le viene rodada. La realidad es muchísimo menos de película y bastante más cansada.
Tener Altas Capacidades, en mi caso superdotación, no va de “saber más cosas”. Va de llevar un cerebro cableado con otro voltaje. La mayoría de la gente vive el mundo como una radio normal, volumen al cinco y la emisora bien sintonizada. Mi cabeza, en cambio, es una parabólica gigante, enchufada veinticuatro horas. Lo pilla todo: el ruido de fondo, el gesto raro, el más mínimo matiz en una palabra, etc.
Y aquí viene el fallo de diseño: esta antena no trae botón de apagado.
Hace poco pasé por la “ITV” mental. Pruebas, informes, numeritos: inteligencia general 133. Queda precioso en papel, casi como una medalla, pero ese número no cuenta el día a día. Mi cerebro funciona a dos marchas que chocan todo el rato.
Si miras bajo el capó, se ve mejor el lío:
- El motor (140): Lo que llaman Índice de Capacidad General. Un motor de Fórmula 1. Cuando algo me apasiona o me reta de verdad, acelero y despego. Puedo pasarme la noche hilando ideas, conectando puntos que parecían sueltos, en un estado de foco absoluto, sin notar el sueño ni el hambre.
- El chasis (110): El Índice de Competencia Cognitiva. La parte encargada de la memoria a corto plazo, la burocracia, los recados, las tareas mecánicas, seguir el papeleo, cumplir con “lo normal”. Un 110 es un coche de calle, del montón.
¿El resultado? Intentar llevar un Fórmula 1 a treinta por hora por una calle llena de semáforos en rojo destroza el motor. Cuando entro en modo monotonía, mi cabeza, que está hecha para ir a toda pastilla, tiene que frenar a lo bestia. Bajar revoluciones para adaptarme a ese ritmo me exige un esfuerzo que no se ve, pero que quema por dentro. Por eso a veces parezco despistado, desorganizado, o que “se me hacen bola” cosas que a otros les salen solas. No es falta de ganas, ni dejadez. Es agotamiento de forzar la máquina para ir despacio.
Y luego está el tema emociones, que es otro nivel.
El problema más grande no es solo cómo proceso la información, sino cómo proceso a las personas. Con la parabólica siempre encendida, las emociones entran sin anestesia.
- El peso de las palabras: Para muchos, un comentario feo es algo irrelevante y siguen con su vida. Yo no. Mi cerebro no sabe ignorar. Caza la frase, la abre en canal, revisa el código fuente, busca intenciones ocultas, repite la escena una y otra vez. Una discusión o un conflicto me duelen casi físicamente. No me quedo nunca en la superficie.
- Vivir al 200%: No manejo bien los grises. Cuando algo me ilusiona, me sube la energía a niveles estratosféricos. Cuando algo me frustra o percibo injusticia, me bloqueo. Siento la realidad sin los filtros protectores que a otros les vienen de serie.
- La soledad de ver el fallo: Pienso y siento muy deprisa. Cuando noto que el mundo va a otro ritmo, o que a nadie parece importarle lo que para mí es crucial, aparece una soledad muy concreta: la de ser la única persona que ve que la interfaz está rota mientras todos siguen navegando tan tranquilos. Remar siempre a contracorriente desgasta.
Y, para rematar, está la trampa de la autoexigencia.
Veo con claridad milimétrica cómo debería quedar el proyecto, la versión ideal de las cosas. La foto final la tengo nítida en la cabeza. Pero mis herramientas del día a día van a velocidad normal, con sus semáforos, su cansancio, sus despistes. Muchas veces la ejecución no llega al nivel de esa visión interna. Sentir un potencial enorme y, a la vez, notar cómo la rutina y el agotamiento te frenan es la receta perfecta para la frustración y la culpa. Soy mi juez más duro, con diferencia.
Vivir con Altas Capacidades es tener el volumen de la vida siempre al máximo. Es un regalo para la creatividad, para la empatía, para ver conexiones donde otros solo ven ruido. Pero también es una mochila pesada que no te puedes quitar ni cinco minutos.
Por eso, si me quieres, no me pidas que “no le dé tantas vueltas a las cosas”. Ojalá supiera dónde está ese interruptor, te juro que lo pulsaría. Lo que de verdad necesito es otra cosa: un poco de paciencia, empatía de verdad y un lugar seguro donde pueda bajar las defensas y descansar de un mundo que, casi siempre, para mí, suena demasiado fuerte.