Entré a trabajar en Ikea hace un par de semanas. El fin del confinamiento había dado paso a una multitud con mascarillas abarrotando los pasillos. Hombres, mujeres, ancianos y niños pululaban en busca de muebles, complementos, esas “cositas” que prometen una casa más moderna a un precio más que asequible.
Los carros iban y venían repletos de tablones. Los niños perseguían juguetes que los padres negaban con insistencia:
—Jorge, ya tienes de eso en casa, no seas pesado.
—Ana, no te lo voy a comprar por mucho que llores.
—¿Para qué quieres esto, Chiqui, si luego no lo vas a usar?
Y luego estaban los matrimonios. Porque nuestras tiendas son una prueba de fuego. Elegir cómo vestir una casa es elegir el futuro, y eso hay que hacerlo bien. Que si la pared blanca. Que si blanco roto. Que si vinilos. Que si mejor no. Que si luz fría y salón minimalista. Que si luz cálida y un estilo más recargado, con fotos poblando las paredes.
Podría escribirse un tratado de diplomacia y negociación de alto nivel solo observando a las parejas en un centro comercial. Es ahí donde empiezan a conocerse de verdad. Antes todo es amor, buen rollo y ganas de agradar. Todo nos parece bien. Tragamos con lo que sea porque creemos que esa persona es la definitiva.
Y en mitad de aquella marabunta ávida de renovación hogareña, apareciste tú.
Y desapareció el resto.
Todo quedó en silencio. Incluso juraría que empezó a sonar música celestial. Lo único que quería en ese momento era que me abrazaras y me llevaras a tu casa para montarme. Si el amor existe, era eso. Sin duda.
Y yo allí, cuestionándome toda mi existencia al verte. Esos ojos tan bonitos. Ese porte elegante. Esa manera de empujar el carro… Yo quería estar contigo y tú aún no lo sabías. Pero yo hacía todo lo posible para que me eligieras, para que me llevaras a casa para siempre.
Puede sonar raro, pero fue amor a primera vista.
Yo quería formar parte de tu vida. Estar contigo en el salón. O en el dormitorio. Entre todas las personas de un centro comercial cualquiera, allí estabas tú, dispuesto a salvarme de una existencia insulsa y aburrida. A aportar el color que mi vida necesitaba.
Y entonces ocurrió.
Te quedaste mirándome. Yo no sabía qué hacer.
Pasillo 4, sección 3.
Te acercaste. Me abrazaste con fuerza, como si fuera el amor de tu vida. Como si antes no te hubieran roto el corazón en mil pedazos.
Y yo solo pensaba:
Soy Billy.
Llévame a tu casa para el resto de nuestras vidas.

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