Ser y tiempo. A ghost story (2017)

“A Ghost Story” es la nueva propuesta del realizador estadounidense David Lowery. Tras su paréntesis más familiar con Disney en Pete’s Dragon, vuelve a la senda de lo existencial que ya había explorado en su obra más reconocida hasta la fecha, Ain’t Them Bodies Saints. Y lo hace reuniendo de nuevo a Casey Affleck y Rooney Mara en otra historia atravesada por el sentido de la vida y la imposibilidad de estar juntos.

El punto de partida es sencillo: una pareja joven, aparentemente estable, sin grandes conflictos. Un accidente lo cambia todo. Él muere y regresa como fantasma. A partir de ahí, Lowery despliega su talento para llevarnos hacia reflexiones filosóficas profundas. Porque, aunque haya un fantasma, no estamos ante una película de fantasmas. El director huye del género desde su propia representación: una sábana blanca con dos puntos negros pintados a modo de ojos. Esa imagen, casi infantil, marca el tono de la película. Se aparta de cualquier tentación terrorífica o efectista, rechaza los artificios visuales contemporáneos y apuesta por una sobriedad arriesgada.

Rooney Mara sostiene gran parte del peso emocional. Su interpretación nos conduce por el duelo, por ese tránsito íntimo y devastador que supone la pérdida. Casey Affleck, oculto bajo la sábana durante buena parte del metraje, encarna la quietud y la paciencia de alguien condenado a observarlo todo desde la inmortalidad.

Una pareja joven sentada en los escalones del porche de una casa de madera blanca, mirándose con gesto serio en un ambiente íntimo y melancólico.
Rooney Mara y Casey Affleck en una escena de A Ghost Story, conversando en el porche de su casa antes de que todo cambie.

La puesta en escena es innovadora y, al mismo tiempo, funcional. Con escasos diálogos, la película consigue transmitir las sensaciones de los protagonistas apoyándose, de forma decisiva, en la música de Daniel Hart, que acompaña y amplifica cada emoción. La fotografía y el montaje envuelven el conjunto en un tono melancólico que atraviesa toda la cinta.

El ritmo es pausado, pero no tedioso. Es un deambular contemplativo, como dejarse llevar en una góndola por Venecia en una tarde de otoño, observando sin prisas lo que nos rodea. En algunos momentos recuerda a The Man from Earth (2007), una de esas obras reflexivas que trascienden su propia historia.

La melancolía en A Ghost Story desborda los límites visuales y temporales. Ahí reside una de sus grandes virtudes: todos, en algún momento, nos hemos sentido así. Por eso resulta tan fácil entrar en el juego que propone Lowery. A lo largo del metraje asoman influencias pictóricas que evocan a Edward Hopper o a El beso de Klimt; referencias musicales como Beethoven; y ecos cinematográficos que remiten al Malick de Malas tierras o Días del cielo, e incluso a Aronofsky, aunque despojado de cualquier grandilocuencia.

Es, en definitiva, una película sin imposturas. Sabe lo que es y sabe hacia dónde va.

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