Hay palabras que llegan al mundo como una advertencia y acaban colgadas en la pared de una empresa de coworking junto a una frase motivacional. La meritocracia es una de ellas.

Michael Young, sociólogo británico, acuñó el término en 1958 en un libro llamado «El ascenso de la meritocracia». Lo escribió como distopía. Como aviso. Como aquello que no debíamos llegar a ser. Un futuro en el que una élite convencida de que su posición era el resultado de su talento gobernaba con la condescendencia tranquila de quien cree que lo tiene merecido. Young se lo inventó para asustarnos. Y en vez de asustarnos, lo enmarcamos.

Hay que reconocer que la broma tiene mérito.

El problema de fondo es sencillo de explicar, aunque incómodo de escuchar. La meritocracia asume que todo el mundo sale del mismo sitio. Que la carrera es la misma para todos y que el que llega antes es porque ha corrido más. Lo que no cuenta es que algunos salieron con zapatillas de pista, otros con botas de agua y a otros les pusieron a correr en sentido contrario desde el principio. Pero bueno, el que llega primero es el mejor, claro que sí.

Lo que hace especialmente interesante el asunto es que Young vivió para ver cómo su sátira se convertía en política real. Tony Blair llegó al poder en los noventa hablando de meritocracia como si fuera una promesa. Young escribió en 2001 un artículo en The Guardian suplicando que dejaran de usar su palabra. Con esa sensación tan peculiar de haber creado algo que luego se te escapa de las manos y hace lo contrario de lo que querías.

No le hicieron mucho caso.

La meritocracia en la práctica funciona así: si has llegado donde estás, te lo has ganado. Y si no has llegado, pues algo habrás hecho mal, o no te habrás esforzado lo suficiente, o simplemente no eres tan listo. El sistema es justo, la desigualdad es justa, y quien protesta es que no quiere trabajar. Es una narrativa preciosa si tienes el viento a favor. Bastante más complicada cuando el viento no existe o sopla en tu contra.

Para que funcione, la meritocracia necesita ignorar unas cuantas cosas. Dónde nació cada uno. Qué estudiaron sus padres. Qué barrio, qué salud, qué red de contactos. Qué puertas se abrieron sin que nadie llamara y cuáles llevan cerradas desde antes de que tú llegaras. Porque si miras todo eso, el cuento se cae. Y entonces hay que buscar otra manera de explicar por qué unos tienen más que otros, y esa explicación suele ser bastante más incómoda.

El filósofo Michael Sandel lleva años dándole vueltas a esto y dice algo que me parece difícil de rebatir: la meritocracia genera algo peor que la desigualdad económica, genera desprecio. Los que han «llegado» sienten que se lo merecen, y los que no han llegado interiorizan que tampoco ellos merecían más. Es un sistema que humilla por arriba y por abajo, y lo hace con la sonrisa de quien cree que está siendo justo.

Young, por si sirve de algo, murió pocas semanas después de publicar ese artículo de 2001. No llegó a ver lo que vendría después.

Tampoco creo que le hubiera alegrado mucho.